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jueves, 9 de julio de 2015

Aprender a enseñar a aprender

            Como muchos de mis lectores saben o sabrán, durante todo el curso que acaba de terminar, he estado realizando el Máster de Educación Secundaria que se imparte en la Universidad de Alicante. Mi principal objetivo era, al igual que el de muchos de mis compañeros, aprender a enseñar que, al contrario de lo que algunos pueden pensar, no es tan fácil como parece. Y tanto que no lo es.


            El máster me ha ayudado a expulsar los fantasmas de la vergüenza al impartir las clases. Claro. Es necesario dar una imagen segura de sí misma cuando se está enseñando la lección. Del mismo modo, he aprendido que nadie deja de aprender. Y los primeros que nunca dejan de hacerlo son los docentes, o los que tenemos la intención de llegar a serlo algún día.

            En muchos aspectos, mi objetivo primordial se ha hecho realidad. Creo que he cumplido con las expectativas que me propuse al comenzar el año académico. He aprendido. He aprendido a enseñar. Me he enseñado a aprender. Y he aprendido a enseñar a aprender [y aunque todo esto parezca un absurdo juego de palabras, lo he hecho. Doy fe de que lo he hecho.]
            Sin embargo, tengo el convencimiento de que todavía me queda mucho por descubrir y poner en práctica. Y es verdad. Sobre todo tengo que aprender de gente cercana, y no tan cercana (las TIC ayudan mucho en eso).

            Por todo ello, siempre aprovecho las oportunidades que me brinda la vida. Intento asistir a cursos, seminarios, clubes de lectura, etc. Pero esta vez me tocaba hacer algo más ameno, y por eso, hace exactamente un mes, asistí a la puesta en escena de la obra teatral Piedra, papel o gasolinera.
Dicha obra fue representada por los alumnos del Instituto de Educación Secundaria Santa Pola, y coordinada y dirigida por Ernesto Martín Martínez.

            La trama gira alrededor de la construcción de una gasolinera en un pueblo perdido en la geografía española. Una gasolinera que enfrentará a los vecinos de la población por tener diversidad de opiniones y puntos de vista. La avaricia, la ambición, el dinero, y la necesidad humana de pisotear al prójimo para lograr el bienestar propio son ingredientes esenciales que tienen cabida en el desarrollo teatral de esta historia.
                  Pero lo más interesante sobre esto no es la historia, sino todo lo que hay detrás. Trabajo, dedicación, esfuerzo. Más trabajo. más esfuerzo. Y paciencia, mucha paciencia y compromiso con los jóvenes estudiantes y sus intereses.
            El teatro es una buena manera de acercar las letras a aquellos que las tienen como auténticas desconocidas. Y si uno de los motores es el Teatro Adolescente, adelante. 

            Desde aquí, abogo, desde mi humilde posición como aprendiente del saber aprender, por más iniciativas como las del gran profesor y amigo, Ernesto Martín Martínez. Una iniciativa que aboga por la incentivación de la lectura y su comprensión. Una iniciativa que tiene como principal objetivo el de hacer a los alumnos amar las historias contadas mediante métodos kinésicos y orales. Una iniciativa, sin duda, a tomar como ejemplo por los futuros docentes como yo.


            Gracias, profesor, amigo, maestro, ejemplo.

lunes, 15 de junio de 2015

Huelga general. Tragicomedia en tres actos.

         Anteayer, cuando empezaba a anochecer, me cercioré de que iba a llover. El cielo se estaba nublando, y algunas luces provenientes del cielo, con mucho ruido retardado, delataban la inminente llegada de agua caída en forma de gotas.
            Esa noche iba a salir, pero al final renuncié al ocio de dar una vuelta por mi ciudad. Me quedé en casa tranquila, escuchando la lluvia. De repente pensé en cómo podía hacer pasar el tiempo más deprisa: «¿Una película? ¡Uf!, he visto casi todas las que tengo en casa.», me dije. «¿Ir a dormir? Todavía es muy pronto.», afirmé para mis adentros. «¿Hacerme la cena? Ya me la hice esta tarde.», pensaba mientras me mesaba el pelo.
            Repentinamente, me vino a la cabeza que acababa de obtener una obra de teatro que había empezado a leer: Huelga general[1], una tragicomedia (o al menos yo la califico de esa manera) en tres actos (puede ser que sea una intertextualidad de la niñez, la madurez, y la vejez). Iba por el acto I, y decidí continuar con la lectura de esta maravillosa creación teatral.
Portada de Huelga general

            La historia narra los diálogos entrecruzados de cuatro personajes, Amparo, Benito, Laura, y R. Ramírez, en un escenario tan macabro como puede ser un tanatorio, teniendo sólo a tres ataúdes como interlocutores. Y, nada más y nada menos, que ¡el día de una huelga general!

            Huelga general. Qué título tan conocido y [des]conocido a la vez. Todos en nuestra vida hemos hecho alguna huelga, aunque no fuese general. Hay veces en las que yo me rebelo contra el orden, y ni siquiera me estiro las sábanas [eso también es hacer huelga]. Pero las huelgas generales son otra historia, ¡y tanto que son otra historia!
            Este tipo de absentismo laboral se «inventó» para reivindicar los derechos de los trabajadores; ya lo dice el Diccionario de la Real Academia en su segunda acepción:  «2. f. Interrupción colectiva de la actividad laboral por parte de los trabajadores con el fin de reivindicar ciertas condiciones o manifestar una protesta. Huelga ferroviaria. Huelga indefinida»[2].
            Pero, ¿hasta dónde pueden llegar el derecho y la obligación de realizar una huelga, y encima que sea general? De ello precisamente nos habla Huelga general. La libertad del derecho a decidir, no sólo sobre uno mismo, sino sobre los demás: «Una vida de abundancia y grandeza construida sobre los frágiles cimientos de la mezquindad y la mentira. Una falsa vida de lujo perfecta, pero la impaciencia y la avaricia, siempre son malas consejeras, lo han llevado a la ruina.»[3]
          Siempre encontramos una buena razón para hacer huelga, sobre todo por nuestro desacuerdo con el sistema, y más en el tiempo de crisis en el que nos encontramos. Y si alguien no está de acuerdo, se le trata de esquirol: «Quieras que no, somos funcionarios del Estado, y eso pinta mucho hoy en día. Aunque a la hora de la verdad, no somos nadie… por mucha huelga que hagamos.»[4].
            Es una obra teatral donde se juntan lo bueno, con lo malo, lo ético, con lo [no tan] ético: «Si es que las frases hechas a veces están mal hechas. Fíjese, “hasta la muerte”, ¿no? Nunca se emplea en sentido literal y no se toma en serio hasta que entonces… eso, que la muerte es muerte de verdad, ya ve.»[5]. La ironía: «¡Ale!, lo tiramos al mar y listo, ¿eso es lo que quieres? ¿o es que también va a haber huelga de peces?»[6].
            El amor, el odio, la envidia, e incluso la ambición forman parte de esta maravillosa obra que escogí como medio para no enterarme del paso del tiempo. Una obra donde incluso hay espacio para las cuestiones lingüísticas:
           Perdone mis retruécanos retóricos eufemísticos inverosímiles, pues ocurre que mi profundo respeto por los trances mortales de todo tipo, incluso de índole lingüística, no me permiten… quiero decir, que soy incapaz de exhibir mis conocimientos en latín, lengua por todos sabida muerta, ante un público como el presente mayoritariamente idem, ¡uy, perdón, se me escapó el latinismo otra vez! Perdone, pero creo que no recuerdo bien lo que quería decir…[7]

            Una obra en la que se visiona la mortalidad de los vivos, la vitalidad de los muertos: «Aquí vivos entre muertos, y fuera muertos entre los vivos.»[8].
            Una obra, sin duda, digna de leer, no una, sino mil veces; y seguro con más de un [sin]sentido nuevo del que hablar, esperemos que no en un tanatorio.





[1] Ernesto Martín y Nacho Ortuño, Colección Literanda Teatro, ed. Literanda, 2012.
[3] Ernesto Martín y Nacho Ortuño, Huelga general, Colección Literanda Teatro, ed. Literanda, 2012, pág. 53.
[4] Ibidem, pág. 8.
[5] Idem.
[6] Ibidem, pág. 31.
[7] Ibidem, pág. 12.
[8] Ibidem, pág. 25.